En un río gallego la corriente cambia de carácter en pocos metros. Junto a una piedra grande
puede aparecer una veta rápida y, dos pasos más abajo, una poza donde el agua gira casi sin
moverse. Antes de montar la caña conviene quedarse quieto en la orilla y mirar la superficie
durante varios minutos: la espuma, las líneas de tensión y los pequeños remolinos cuentan
dónde se está acumulando el pez y por dónde pasa la comida.
Distinguir tres tipos básicos de flujo ayuda a decidir el tramo. La veta es el hilo rápido
que corre entre dos obstáculos y suele marcar la entrada de una zona profunda. El remanso es
la franja de agua lenta pegada a la orilla o detrás de una roca, donde el pez descansa sin
gastar energía. La poza es el tramo más profundo y tranquilo, el sitio donde se agrupan
ejemplares cuando baja la temperatura o sube el nivel tras una lluvia.
La orilla desde la que presentas el señuelo importa tanto como el señuelo en sí. Si lanzas
corriente arriba, el señuelo trabaja a favor del agua y gana naturalidad; si lo haces desde
la orilla opuesta, puedes barrer la poza sin pisarla y evitar espantar a los peces que
están en la orilla más cercana. En ríos estrechos, cruzar a media corriente suele ser peor
idea que caminar unos metros río abajo y buscar un ángulo limpio.
Merece la pena anotar estas lecturas en una libreta de pesca: nivel del agua, color, hora,
tipo de flujo y desde dónde se lanzó. Con el tiempo, esos apuntes se convierten en un mapa
propio del río y permiten repetir jornadas buenas sin depender de la memoria.